La vida en el tranquilo y familiar barrio de Obergiesing, en donde yo vivo, trascurre diariamente sin muchas complicaciones (ninguna podría decir) únicamente interrumpido por el trajín diario de personas y tranvías en torno a la parada de metro Wettersteinplatz que le da algo de color y movimiento al barrio.

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En el bloque de pisos en donde vivo, en su mayoría matrimonios y parejas de edad muy avanzada, gente de mucha experiencia vaya. Nosotras y nosotros no llegamos a la treintena y entre que somos de fuera, cada uno con un apellido a cuanto más exótico para los alemanes y que yo no hablo muy bien el alemán (en realidad lo domino pero ellos no me entienden) pues todo este batiburrillo hace que las personas mayores nos vean como sus nietos. Estamos buscando quién o quiénes pueden ser los que, de vez en cuando, nos dejan una bolsa llena de comida colgando de la puerta. No es la primera vez, y ésta es la cuarta bolsa que recojo (y muy agradecido, oiga). “Madre mía, qué impresión tenemos que darles para que nos dejen comida…Aseguro que mi peinado desenfadado es porque mi pelo es muy rebelde y tosco, no por penurias”.

Entre croissants rellenos de jamón y queso, a bandejas de carne, etc., nos alegran la estancia en Obergiesing (y la panza).

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