Daré el paso. Muchas veces, no sólo a mí, se me ha pasado por la cabeza plasmar todo lo que nos pasa a diario trabajando como guía profesional. Créeme, no puedes imaginarte qué fauna y flora se encuentra uno en la mayoría de los días. Sin acritud, querida/o lectora/or, pero muchas/os sabéis que ninguno somos normales y los hay de categoría.

Pensaba vivir bajo secreto de sumario pero, muchachas y muchachos, no puedo. Es más, lo encuentro óptimo como relajante. Compartir es vivir.

¿Por qué me hice guía?  Aún no lo sé.. fue una oportunidad, lo primero, quizás después por tener relación con mis estudios (Historia del Arte y Arqueología) y después por otro reto más personal: timidez. Soy una persona muy tímida y siempre me ha costado hablar en público, comunicar. Después de muchos meses dedicándome a ello he podido ver la mejora, he ganado en seguridad, manejar la respiración, la voz, etc., pero también he ganado en paciencia (siempre lo he sido), mucha paciencia. Tratar con muchas personas diarias, cada una de una madre y un padre (se entiende la expresión, ¿no?) lo hace realmente un trabajo de riesgo, a veces sube la presión y el azúcar.

Con esto no pretendo reírme de nadie, que quede claro, más bien escribo sobre lo absurdo del ser humano.

El pasado jueves, un día de intensa lluvia, como.. ¿las últimas 2 semanas? tenía en programa hacer una visita por el centro histórico de Múnich. Últimamente he modificado la ruta de mi visita por el “Altstadt”. Hablar de 900 años de la historia de Múnich y Baviera tiene tantos enfoques como temáticas y estoy experimentando con un nuevo enfoque con el que me estoy sintiendo bastante cómodo, recorriendo lugares poco habituales del centro.

No parecía que la guía saliera debido a la molesta lluvia pero cuando quedaba poco para que pasaran esos minutos de rigor antes de irme llegó una pareja ya adulta, de Buenos Aires. Realmente la conexión inicial fue genial, ella era profesora de Historia e iban a pasar una semana en Múnich y empezamos hablando sobre alternativas a visitar, museos, ciudades alrededor y nos pusimos a caminar, hablando de tradición, costumbres, arquitectura, la Alemania de la posguerra, etc., estaba como pez en el agua, y además estaba siendo un paseo tranquilo, cómodo pero vi cómo la pareja empezaba a perder fuelle a los 45 min., cuando llegando a la galería “Fünf Hofe” ella se quedó mirando el escaparate de la librería “Hugendubel” hipnotizada ante los detalles de libretas, cuadernos, libros de fotografía (son malditos los diseñadores de detalles que venden en esta franquicia) tan llamativos:

-“¿Venden libros vacíos? Me gusta escribir sobre mis viajes”

-“Claro, sí sí, en la primera planta encontrarás de todo”.

Me pidió una pequeña parada para comprar uno y me pareció bien, eran sólo dos y no parecía que iban a querer una parada ya que venían bien servidos de un desayuno bávaro a base de buffet de salchichas, ensalada de embutido y cebolla, además de huevos revueltos. Me quedé esperando afuera con su marido charlando sobre su viaje, cómo era Buenos Aires, Argentina, la corrupción, y las inevitables comparaciones entre ambas naciones. Pasaron unos 10 minutos y le propuse de ir a buscarla, quizás se habría entretenido o no encontraba lo que buscaba y él que no, que ella necesitaba su tiempo pero esperásemos aún. Pasaron otros 10 minutos y decidí subir a buscarla, no era normal y la librería en esta galería no es que sea grande.

No estaba.

Y busqué bien, detrás de cada estantería, y volví a donde se encontraba el hombre.

-“Ves y pregunta a los trabajadores si han visto a una mujer rubia con pantalones rojos”.

-“Rubia y con pantalones rojos… estamos en Múnich, rubias y con ropa llamativa es el gen mayoritario aquí, caballero”.

Ya estaba algo inquieto, pregunté haciéndole caso y la mirada de las mujeres en información, mirándome sobre sus gafas lo decía todo. Ella no hablaba alemán ni tampoco inglés.

Había otra salida que daba a la calle, pero deduje que si se daba cuenta bastaba darse la vuelta y entrar de nuevo para salir por la otra y encontrarnos. Yo salí, giré la fachada de las galerías entrando por tres, de las cinco, entradas que tiene.

Mientras tanto el hombre que podría estar ayudando a buscarla o llamarla se dedicaba a mirar escaparates y yo cada vez más alterado, ya pensaba que algo la había pasado. Él probaba a llamarle cuando le dije que podía ayudar y nada, móvil apagado. Entré de nuevo a la librería, la 9ª vez, y sentir las miradas de los trabajadores ya sospechosos y cuando vuelvo al hombre me muestra su móvil, en la pantalla una foto de ella tomando una buena Augustiner helles. No estuvo más que 2 minutos dentro cuando salió por la otra salida y se fue al hotel a beber cerveza.

Ahí podríamos seguir esperando… podría haber llamado, que a la cerveza nos apuntamos todos.

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