Aún cuando lo recuerdo me viene la risa y el delirio, a partes iguales y a la vez. Llevaba pocos meses en Múnich y vivía en una mega WG (“Wohngemeinschaft” o piso compartido) con otras cinco personas que en los dos meses que allí viví nunca conocí y apenas me crucé en los pasillos con ellos. Lo desesperante de encontrar un piso donde vivir en Múnich, de encadenar en menos de tres meses cinco casas diferentes y el destino me llevó a esa WG que daba a la ruidosa y traficada Landhsuter Allee.

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Aquel bloque de viviendas me gustaba, un edificio histórico y fechado en 1904, que al comenzar a subir sus escaleras de madera crujían a cada paso. Todo lleno de andamios y sacos de cascotes de obra, en mis dos meses allí nunca vi su fachada despejada y por lo tanto de la joya de la cual os vengo a hablar hoy, el Cine Maxim. Ya os digo, si el cine estaba a nivel de calle yo vivía en la ventana justo encima.

Un cine extraño, ya emanaba ese olor a viejo cuando después de cada sesión abrían las puertas dejando ver esa caja de zapatos y esas butacas de madera y un antiguo sistema de sonido. Nunca pude ver una película en él, pero no destacaba por los comunes estrenos comerciales. Maxim siempre apostaba por títulos menos comerciales, incluso de circuitos a veces muy alternativos y que de vez en cuando en las vitrinas anunciaban la reposición de algún clásico. Y de lo que me parecía aún más genial era encontrar siempre al regresar de noche a casa era el café del cine lleno de sexagenarios bebiendo vino inmersos en conversaciones, a veces muy intensas. Me gustaba pasar siempre y ver esa estampa que podría ser perfectamente sacada de una película de Berlanga o Woody Allen.

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Todo hasta aquí normal, los microcosmos de Múnich convivían en equilibrio, hasta una noche. Era julio y recuerdo esas noches de calor veraniega durmiendo a pierna suelta y la ventana abierta, me daba igual el ruido de los coches y camiones pasando (a cierto punto te acostumbrabas) pero era una sauna estar con las ventanas abiertas hasta que de repente escuché un ruido. Un ruido metálico, me incorporé de la cama y el sonido se hacía cada vez más claro. “Clan, clan, clan”. Me quedé sentado en la cama mirando a la ventana, totalmente tapada de andamios hasta que apareció una sombra. En aquel momento me quedé congelado y pasó una persona por delante de mi ventana que seguía subiendo las escaleras hacia lo más alto. La silueta delataba una persona encorvada, que caminaba con cierta torpeza y con una poblada barba.

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-“Era uno de los viejos del cine” me dije. Me acerqué rápido a la ventana, saqué la cabeza y con mi rudimentario alemán grité “¿estás bien? ¿puedo ayudar?”. Claro, por mi cabeza empezaron a circular ideas de todo tipo, ¿qué hacía subiendo a las casi las 4 de la mañana este hombre? ¿se tirará?. Al poco dejé de escuchar ruidos de escaleras, saqué medio cuerpo por la ventana y legué a ver sus pies por debajo y humo blanco del cigarro. Me quedé un poco esperando y al rato repitieron los mismos sonidos del viejo bajando. “Menos mal… ” pensé, y claro, me dije, “desde arriba se tiene que ver todo espectacular”.

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Y claro, sumergirse en la Múnich bohemia es pasar tarde o temprano por este clásico aún vivo. En 2012, en el 33 de Landshuterallee, el cine Maxim celebró su 100 aniversario. este cine del barrio de Neuhausen es hoy, después de Gabriel Filmtheater (1907) en la Dachauerstraße y el Museumslichtspielen (1910) en el barrio de Au, es el tercer cine más antiguo de Múnich.

Si te acercas no te lleves una sorpresa, lo están restaurando y estara de nuevo abierto en octubre de este año. Un poco de paciencia.

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